8 nov 2006

Capítulo I

Tanteó con los pies para ver dónde estaban las pantuflas. Con su paso cansino llegó al baño. Lo primero al mirar el espejo, fue tocarse con la mano no menos áspera, la barbilla.
-Otra vez me tengo que afeitar- pensó Delfor.
Habiéndose ya afeitado, bañado, y tomado unos mates con radio, salió de su pieza. Se cruzó con Nilda que, para variar, estaba mirando como a la nada. Pero Delfor sabía que hasta hace un segundo atrás seguramente lo había estado mirando a él. No le gustaba para nada esa mujer. Le daba escalofríos su presencia. Sobre todo desde que a ella se le había muerto la hermana con la que vivía.
Pronto, en la vereda se tuvo que ocupar de pensar si no se había olvidado las llaves del local arriba. Pero a pesar del sueño, las tenía efectivamente en el bolsillo de atrás del pantalón.
Hizo las doce cuadras hasta la bicicletería tratando de meter la nariz dentro de la bufanda, lo que le propició un dolor de cuello terrible, del que no se dio cuenta hasta que llegó a la puerta. Y ahí sentadita Florencia que, como de costumbre, lo estaba esperando desde hacía quince minutos. Entonces el sermón tan gracioso de todos los días. La piba gritoneándole a él. Entraron, subieron la persiana verde, y prendieron los tubos fluorescentes porque "el cielo dejaba mucho que desear".
-Florencia, acordate que hoy viene un pedido, ¿eh?.
-¿No te dije que llamó ayer para decir que no venía, el tarado ese?
-Sí, querida, pero yo llamé después para cagarlo a pedos. Así que sí, viene.
-Buá...- mordisqueó Florencia.